Profesor Eduardo Araya expuso en el CEA sobre el impacto de la Revolución Rusa en Europa

En la ocasión, el académico del Instituto de Historia analizó la dimensión internacional de la revolución y su impacto en el contexto global.

11.10.2017

En el auditorio del Centro de Estudios Avanzados y Extensión (CEA) de la PUCV, se realizó la conferencia titulada “La Revolución Rusa y Europa” en el marco del ciclo de conferencias “El mundo a 100 años de la Revolución Rusa”, encuentro organizado por el Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile; el Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile; el CEA de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y el Columbia Global Center Santiago.

La conferencia estuvo a cargo del profesor del Instituto de Historia de la PUCV y Dr. en Ciencia Política, Eduardo Araya, quien se refirió a este hito central en la historia del siglo XX, que terminó con la dinastía de los zares e impactó en la configuración del mundo europeo durante la Guerra Fría.

“Los efectos y las dimensiones ideológicas de la Revolución Rusa son fundamentales para entender el siglo XX. No hay otro ciclo revolucionario tan importante en términos de reconfiguración de los estados nacionales, sólo comparables con la Revolución Francesa y la consecuencia de las guerras napoleónicas”, recordó Araya.   

El académico, quien además es profesor en el Magíster en Relaciones Internacionales de nuestra Casa de Estudios, agregó que los procesos revolucionarios son complejos y pueden abordarse desde distintas perspectivas. En la ocasión, analizó la dimensión internacional de la revolución y su impacto en el contexto global respecto a la relación entre guerra y revolución.

“La guerra cambió radicalmente a las sociedades europeas. El primer efecto fue la fractura del movimiento obrero y el término de la internacional socialista, pues la mayoría de los partidos socialistas se alinearon con sus respectivos gobiernos respecto a los créditos de guerra. En segundo lugar, la guerra no sólo fue patriótica sino que también popular. Al alargarse, los costos del conflicto en Rusia se reflejaron en un aumento de la hambruna para la población civil, más perdida de territorio y la parálisis decisoria de la monarquía, lo que generó inestabilidad y desde las protestas se pasó a la abdicación del zar y la creación de un gobierno provisional, donde los alemanes habían buscado varias alternativas para sacar a Rusia de la guerra, incluyendo la negociación”, añadió.

Los alemanes, complementa Araya, exploraron los nacionalismos de los finlandeses, ucranianos y los del Báltico. Finalmente, optaron por considerar la posibilidad de que los bolcheviques y su líder en Zurich salieran en un tren dotado de condiciones de extraterritorialidad y colaboraron en el financiamiento de la guerra. Lenin tenía interés de ocupar este conflicto para promover la revolución y los alemanes tenían la voluntad de sacar a Rusia de la conflagración, lo que los llevó a generar un acuerdo con los bolcheviques.

“Es interesante plantear que las revoluciones aparecen siempre como algo que se sitúa en las fuerzas profundas de la historia y que son inevitables, lo que es muy propio del pensamiento marxista donde se relaciona con el avance de la historia. Lenin tenía una convicción profunda al respecto. Marx pensaba que la revolución debería empezar en Alemania pero Lenin lo inició en Rusia. Esto que se asocia a movimientos de masas con campesinos y soldados tiene mucho de azar o asociaciones respecto a los efectos no deseados de las decisiones”, añadió Araya.

EL PRAGMATISMO ALEMÁN

Entre 1918 y 1920 hubo una gran guerra civil en Rusia donde intervinieron las potencias aliadas, incluso los norteamericanos para impedir el triunfo de los bolcheviques.

“Los ingleses estaban informados desde que Lenin salió de Zurich, pero nunca lo detuvieron pues consideraban que esto no tenía relevancia política. Los franceses, ingleses y los norteamericanos intervinieron en algunos puertos para generar bloqueos, por ejemplo, respecto a los intereses de los japoneses en Siberia. Los alemanes por razones prácticas ayudaron a los generales y eventualmente recibieron ayuda de los bolcheviques contra los generales blancos. Hay mucha demanda de los grupos nacionalistas en Ucrania para que ocupen su propio ejército contra los bolcheviques. Los alemanes deciden esperar, lo que es muy pragmático”, precisó.

Italia presentó algunas semejanzas con Rusia, una sociedad que habría tenido una industrialización más fragmentada y tardía, concentrada en el norte con un sur muy rural. Lo paradojal es que Italia estuvo en el lugar de los que ganaron la guerra, pero las revueltas se relacionaron con el efecto social, considerando que Italia ingresó al conflicto pero no pudo cumplir con sus metas. Esto generó una gran frustración nacional y una enorme movilización social que se extendió al campo, donde hubo muchas huelgas. La revolución estaba golpeando la puerta, como en otros estados, pero con la fundación del partido fascista en 1920 y su arribo al poder dos años después no prosperó.

“Entre 1919 y 1923 no hay ningún país en Europa donde no se formen partidos comunistas. Esto se relaciona con el problema por reconstruir una internacional socialista que vinculara a los movimientos obreros y a partidos de base obrera. Hubo iniciativas de países neutrales como Suiza y Suecia. En 1920, Rusia pierde la guerra contra Polonia. Ese año se definieron las 21 condiciones que deciden quienes son reconocibles en la internacional socialista y esto determina el nacimiento de los partidos socialdemócratas europeos y los partidos comunistas”, explicó Araya.

Sin lugar a dudas, lo ocurrido con la Revolución Rusa marcó la historia del siglo XX en el mundo y especialmente en Europa. La Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría no se entienden sin esta dimensión ideológica de una lucha entre el radicalismo revolucionario y los movimientos fascistas de ultraderecha que se expandieron por Europa con rasgos similares en ese periodo.

Por Juan Paulo Roldán

Dirección General de Vinculación con el Medio